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Síndrome del desempleado (I)

La pérdida de trabajo tiene un efecto inmediato: la falta de actividad. En general, los profesionales estamos acostumbrados a llevar un ritmo de trabajo determinado que nos hace mantener la tensión propia del desempeño laboral diario. Cuando se deja de trabajar nuestra actividad diaria se ve reducida y existe el riego de que, caso de prolongarse la situación en el tiempo, se consoliden actitudes que puedan suponer incluso potenciales riesgos para la salud.

La falta de objetivos claros y de actividad continuada, la autopercepción personal y el impacto económico son ingredientes que, sin los recursos psicológicos suficientes, pueden afectar notablemente a cualquier persona que se encuentre en situación de desempleo. Cuando se pierde el empleo se tiende a focalizar la problemática, en el corto plazo, en la ausencia de ingresos económicos. Ahora bien, la prolongación de la situación de desempleo puede también deteriorar fuertemente la confianza e imagen personal, en definitiva la autoestima, factor esencial para “ponerse en el mercado laboral”.

Como profesionales, cada uno se diseña, a fuerza de trabajo y dedicación, una imagen mental sobre uno mismo, que completamos con el “feedback” que nos proviene de nuestro entorno profesional y personal. Si poco a poco esta imagen que nos hemos diseñado mentalmente sobre nosotros comienza a cambiar, tornándose desde la de un profesional competente a la de un desempleado sin competencias que ofrecer, estamos ante un problema serio sobre el que trabajar, de forma muy rigurosa y permanente, para neutralizarlo.

En estos casos, el deterioro en la autopercepción, tanto en profundidad como en velocidad, es potencialmente más elevada en profesionales jóvenes que en los más veteranos. Los primeros no han tenido el tiempo necesario para consolidar, a lo largo de los años, la creación de una sólida imagen profesional, por lo que podríamos decir que la percepción de su imagen tiene una alta volatilidad. Por el contrario, los profesionales con más años de experiencia han tenido mucho tiempo para demostrarse a sí mismos y a su entorno quiénes son y de lo que son capaces de hacer, manteniendo recuerdos de situaciones profesionales positivas que los refuerzan durante un tiempo mucho más prolongado, además del tiempo que han tenido para ir adquiriendo recursos psicológicos personales para afrontar esta nueva situación de desempleado.

P. Eisenberg y P.F. Lazarsfeld en 1938* publicaron un artículo en relación a la respuesta psicológica que se observaba en las personas que se quedaban sin empleo, a través de las siguientes fases:

1º Hay un shock seguido de una activa búsqueda de empleo durante la cual la persona es todavía optimista y no se resigna.

2º Cuando todos los esfuerzos fallan, la persona se convierte en pesimista, ansiosa y sufre estrés. Esta es la fase más crucial de todas.

3º La persona se convierte en fatalista y se adapta a sí mismo a este nuevo estado y limita su campo de acción.

Imagen Actividad Búsqueda

 

Índice de Actividad y Optimismo de 0 a 100 en función de la fase en la que se encuentra el individuo.

Pese a que la investigación se publicó hace 76 años y las dinámicas laborales eran diferentes a las actuales, los modos psicológicos de enfrentarse a estas situaciones no han variado mucho y se pueden ver las mismas fases en la actualidad.

Tal como indica el artículo, la segunda fase es la más crucial y la tercera la que determina la percepción en el futuro del desempleado.

Por mi parte, a las tres fases añadiría una previa de incredulidad e irrealidad, donde no se es consciente de lo que está ocurriendo y, tras un lapso de tiempo, el esquema mental personal se orienta y asimila la realidad.

Los síntomas que pueden seguir a la tercera fase pueden ser diversos pero muy comunes, tales como ansiedad, nerviosismo generalizado, jaquecas, hipertensión, insomnio…, así como otros colaterales en el ámbito social, disminuyendo las relaciones sociales.

“Indefensión aprendida”

Se entiende como tal al aprendizaje de comportamiento pasivo y no reacción ante la expectativa de poder conseguir un efecto positivo. En términos de búsqueda de empleo se puede entender como “rendirse”. Haber luchado por conseguir un trabajo y solo encontrarse rechazos, el cerebro aprende a no esforzarse ante un resultado aparentemente inevitable (“para que voy a esforzarme si me van a rechazar de todas formas”).

Esta puede ser una de las consecuencias que podemos encontrarnos estando en desempleo, pero la rendición no es una opción. ¿Qué otra opción hay si no es seguir trabajando en la consecución de nuestro objetivo?; ¿no hacer nada?; ¿ser pasivos, esperando llamadas que nunca llegan? Estas nunca deben ser opciones admisibles. ¿Qué hacer entonces para mantener nuestro cerebro y nuestro cuerpo alerta y con energía para seguir luchando? Obviamente la respuesta es solo personal y dependerá de las circunstancias de cada persona y del tipo de trabajo que esté buscando, pero aquí van algunas claves para que el proceso sea lo más equilibrado posible:

        Estimular el cuerpo

–        Estimular el cerebro

–        Alimentación equilibrada

–        Formarse y seguir desarrollándose

–        Planificación

–        Cuidado de la imagen personal

En la segunda parte de este artículo veremos cómo conseguir el estado de equilibrio y alerta necesarios para no caer en el “síndrome del desempleado” y seguir siendo competitivos.

*Eisenberg, P., & Lazarsfeld, P.F. (1938). The psychological effects of unemployment. Psychological Bulletin

Foto Héctor ArtoHéctor Arto González         Linkedln

Profesional de Recursos Humanos con tres años de experiencia en diferentes sectores.

Técnico de RRHH                 Licenciado en Psicología

Diplomado en Magisterio            Máster en Dirección de RRHH

 

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